miércoles, 7 de octubre de 2009

LA NOCHE TRISTE - LA NOCHE EN QUE LOS INDIOS VENCIERON AL IMPERIO.



LA NOCHE TRISTE - LA NOCHE EN QUE LOS INDIOS VENCIERON AL IMPERIO.
La principal característica de esta llamada noche triste es la derrota que tuvieron Hernán Cortés y sus tropas por parte de guerreros aztecas en una noche de la que hoy es la Ciudad de Méjico, antigua Tenochtitlan, el 30 de junio de 1520.
Los hechos tuvieron su evolución a partir de la llegada de Hernán Cortés y su ejército a la capital del imperio azteca el 8 de noviembre de 1519 en la cual lo esperaba el emperador Moctezuma II y la realeza azteca. Hasta allí transcurrió todo con normalidad y agasajos tanto de una como de la otra parte.

Al encontrarse un gran tesoro en el lugar donde se hospedaban, si bien Cortés se habría negado a realizar cualquier acción delincuencial se temía por la avaricia que podía darse en la tropa española.
Los hechos se van desencadenando hasta que finalmente se toma prisionero a Moctezuma junto a unos indígenas de una tribu cercana que estaba enemistada con Moctezuma en virtud de los tributos que se le cobraba a esa comarca por parte del imperio azteca. Los españoles entonces aprovecharon una vez más la división existente entre los americanos para capturar al emperador azteca y lograr así su objetivo de apropiarse de las riquezas existentes.
En este proceso se dieron una serie de hechos y escaramuzas en las que murieron españoles e indígenas lo que aumentó los niveles de tensión ya existentes y que fue aprovechado además por los españoles para establecer un móvil o motivo para entablar el conflicto. Es decir, se necesitaba una excusa para aniquilar a los indios y robarles y para ello se buscaron motivos. Pero la realidad era que el tener prisionero a Moctezuma y los nobles aztecas garantizaba de alguna forma la tranquilidad de los mexicas que podían atacarlos en cualquier momento y que además eran más numerosos. La otra ventaja que tenían los españoles era que los aztecas los consideraban dioses y en función de eso los respetaban.
Sin embargo la rebelión no tardó cuando ya eran demasiadas las evidencias reales de las falsas divinidades y la situación que se vivía y en determinado momento ya ni siquiera sirvió más Moctezuma como garantía ya que los nativos lo terminaron viendo como un traidor cómplice de los invasores.
Al no ser más útiles tanto Moctezuma como el resto de rehenes habrían sido asesinados por los españoles. De esta forma Cuitláhuac lo sucedió como gobernante y guerrero. A partir de allí el nuevo emperador comenzó una campaña para destruir a los españoles alistando tropas, estableciendo alianzas con pueblos cercanos. Más tarde muere víctima de una enfermedad viral.
La situación fue empeorando para los españoles que aferrados a sus tesoros y junto a los indios aliados con los que contaban resistían en el palacio de Axayácatl los embates de los mexicas. Fue entonces que decidieron escapar en la noche del 30 de junio de 1520.
De nada sirvió el silencio y lo sigilosos que fueron en su intento de huída ya que en la noche pudieron ser descubiertos y atacados por miles de aztecas embravecidos desde el templo de Huitzilopochtli. Fue en la misma laguna donde con canoas intentaban la fuga que fueron atacados por nativos con lanzas y flechas. Por otra parte desde tierra firme otros miles de aztecas atacaban la retaguardia mientras que otros interceptaron los puentes.
Fue triste la noche para los españoles invasores que fueron masacrados en esa instancia más allá que algunas leyendas señalan que muchos se pudieron salvar y que miles fueron muertos en batalla. Otros cuentos destacan que fueron los que escaparon sin tesoros los que lograron salvar su pellejo mientras que los más ambiciosos murieron ricos allí mismo.
Al parecer Cortés logró salvarse pero los relatos lo describen profundamente deprimido y triste por haber perdido su sueño de conquistar Tenochtitlán y de haber perdido más de la mitad de su ejército.
Pero lo cierto es que los que lograron escapar pudiendo llegar hasta una aldea aliada (Tlaxcala) con los días no sin enfrentarse antes a los aztecas nuevamente en la batalla de Otumba y luego de un tiempo, más de un año, los españoles lograron finalmente la conquista de la gran capital azteca de la mano de tribus aliadas que en su arremetida contra la en ese momento ciudad gobernada por Cauthémoc mataron más de 40 mil mexicas en la conquista de Ciudad de México – Tenochtitlan
Hernán Cortés, en la Segunda carta de relación al emperador Carlos V, sobre la salida de la ciudad. [...] Y fui a la fortaleza, y hice hacer una puente de madera, que llevaban cuarenta hombres; y viendo el gran peligro en que estábamos y el mucho daño que cada día los indios nos hacían, y temiendo que también deshiciesen aquella calzada como las otras, y deshecha era forzado morir todos, y porque de todos los de mi compañía fui requerido muchas veces que me saliese, e porque todos o los más estaban heridos, y tan mal que no podían pelear, acordé de lo hacer aquella noche, e tomé todo el oro y joyas de vuestra majestad que se podían sacar, y púselo en una sala, y allí lo entregué en ciertos líos a los oficiales de vuestra alteza, que yo en su real nombre tenía señalados y a los alcaldes y regidores, y a toda la gente que allí estaba, les rogué y requerí que me ayudasen a lo sacar y salvar, e di una yegua mía para ello, en la cual se cargó tanta parte cuanta yo podía llevar; e señalé ciertos españoles, así criados míos como de los otros, que viniesen con el dicho oro y yegua, y los demás los dichos oficiales y alcaldes regidores y yo los dimos y repartimos por los españoles para que lo sacasen. E desamparada la fortaleza, con mucha riqueza así de vuestra alteza como de los españoles y mía, me salí lo más secreto que yo pude, sacando conmigo un hijo y dos hijas del dicho Muteczuma, y a Cacamacín, señor de Aculuacan, y al otro su hermano, que yo había puesto en su lugar, y otros señores de provincias y ciudades que allí tenía presos. E llegando a las puentes, que los indios tenían quitadas, a la primera dellas se echó la puente que yo traía hecha con poco trabajo, porque no hubo quien la resistiese, excepto ciertas velas que en ella estaban, las cuales apellidaban tan recio, que antes de llegar a la segunda estaba infinito número de gente de los contrarios sobre nosotros, combatiéndonos por todas partes, así desde el agua como de la tierra; e yo pasé presto con cinco de caballo y con cien peones, con los cuales pasé a nado todas las puentes, y las gané hasta la tierra firme. E dejando aquella gente en la delantera, torné a la rezaga, donde hallé que peleaban reciamente y que eran sin comparación el daño que los nuestros recibían, así los españoles como los indios de Tascaltecal que con nosotros estaban; y así, a todos los mataron, y a muchos naturales, los españoles; e asimismo habían muerto muchos españoles y caballos, y perdido todo el oro y joyas y ropa y otras muchas cosas que sacábamos, y toda el artillería. Y recogidos los que estaban vivos, echélos delante, y yo, con tres o cuatro de caballo y hasta veinte peones, que osaron quedar conmigo, me fui en la rezaga, peleando con los indios hasta llegar a una ciudad que se dice Tacuba que está fuera de toda la calzada, de que Dios sabe cuánto trabajo y peligro recibí; porque todas las veces que volvía sobre los contrarios salía llenos de flechas y viras y apedreado; porque como era agua de la una parte y de la otra, herían a su salvo sin temor a los que salían a tierra; luego volvíamos sobre ellos, y saltaban al agua; así, que recibían muy poco daño si no eran algunos que con los muchos estropezaban unos con otros y caían, y aquellos morían. Y con este trabajo y fatiga llevé toda la gente hasta la dicha ciudad de Tacuba, sin me matar ni herir ningún español ni indio, sino fue uno de los de caballos que iba conmigo en la rezaga, y no menos peleaban, así en la delantera como por los lados, aunque la mayor fuerza era en las espaldas, por do venía la gente de la gran ciudad.
Francisco López de Gómara, en Historia de la conquista de México, Capitulo CX: Como Huyo Cortes de Mexico (Gomara no estuvo en el Nuevo Mundo, pero fue capellán de Hernan Cortes y recogió testimonios sobre la Conquista). [...] Echó Cortés por la calzada de Tlacopan, por la que habían entrado, y todos le siguieron; pasaron el primer ojo con el puente artificial que llevaban. Los centinelas de los enemigos y los guardas del templo y ciudad sonaron entonces sus caracolas y dieron voces que se iban los cristianos; y en un salto, como no tienen armas ni vestidos que echar encima y los impidan, salió toda la gente tras ellos con los mayores gritos del mundo, diciendo: “¡Mueran los malos, muera quien tanto mal nos ha hecho!”. Y así, cuando Cortés llegó a echar el pontón sobre el segundo ojo de la calzada, llegaron muchos indios que se lo impedían peleando; pero, al fin, hizo tanto que lo echó y pasó con cinco de a caballo y cien peones españoles, y con ellos aguijó hasta la tierra, pasando a nado los canales y quebradas de la calzada, pues su puente de madera ya estaba perdido. Dejó los peones en tierra con Juan Jaramillo, y volvió con los cinco de a caballo a por los demás y a meterles prisa para que caminasen; pero cuando llegó a ellos, aunque algunos peleaban intensamente, halló muchos muertos. Perdió el oro, el fardaje, los tiros y los prisioneros; y en fin, no halló hombre con hombre ni cosa con cosa de como lo dejó y sacó del real. Recogió a los que pudo, los echó delante, siguió tras ellos y dejó a Pedro de Albarado para animar y recoger a los que quedaban; mas Albarado, no pudiendo resistir ni sufrir la carga que los enemigos daban, y mirando la mortandad de sus compañeros, vio que no podía él escapar si atendía, y siguió tras Cortés con la lanza en la mano, pasando sobre españoles muertos y caídos, y oyendo muchas lástimas. Llegó al último puente y saltó al otro lado sobre la lanza. De este salto quedaron los indios espantados, y hasta los españoles, pues era grandísimo, y otros no pudieron hacerlo, aunque lo probaron, y se ahogaron. Cortés, entonces, se paró, y hasta se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y los que quedaban vivos, y pensar y decir el golpe que la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, sino que temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener segura la guarida y amistad en Tlaxcallan; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo habían entrado? Empero, para que no acabasen de perecer allí los que quedaban, caminando y peleando llegó a Tlacopan, que está en la tierra, fuera ya de la calzada. Murieron en el desconcierto de esta triste noche, que fue el 10 de julio del año 20 sobre 1500, cuatrocientos cincuenta españoles, cuatro mil indios amigos, cuarenta y seis caballos, y creo que todos los prisioneros. Quién dice más, quién menos; pero esto es lo más cierto. Si esto hubiese sido de día, quizá no murieran tantos ni hubiera tanto ruido; mas como pasó en noche oscura y con niebla, fue de muchos gritos, llantos, alaridos y espanto; pues los indios, como vencedores, voceaban victoria, invocaban sus dioses, ultrajaban a los caídos y mataban a los que en pie se defendían. Los nuestros, como vencidos, maldecían su desastrada suerte, la hora y quien allí los llevó. Unos clamaban a Dios, otros a Santa Maria, otros decían: “Ayuda, ayuda, que me ahogo”. No se sabría decir si murieron tantos en agua como en tierra, por querer echarse a nado o saltar las quebradas y ojos de la calzada, y porque los arrojaban a ella los indios, no pudiendo vencerlos de otra manera. Y dicen que al caer el español en el agua, era con él el indio, y como nadan bien, los llevaban a las barcas y a donde querían, o los desbarrigaban. También andaban muchas calles a raíz de la calzada, peleando, y, como tiraban a bulto, daban a todos, aunque algo divisaban el vestido de los suyos, que parecían encamisados, y eran tantos los de la calzada, que se derribaban unos a otros al agua y a la tierra; y así, ellos se hicieron a sí mismos más daño que los nuestros, y si no se hubiesen detenido en despojar a los españoles caídos, pocos o ninguno dejaran vivos. De los nuestros tanto más morían cuanto más cargados iban de ropa, oro y joyas, pues no se salvaron más que los que menos oro llevaban y los que fueron delante o sin miedo; de manera que los mató el oro y murieron ricos. Cuando acabaron de pasar la calzada no siguieron los indios a nuestros españoles, o porque se contentaron con lo hecho, o porque no se atrevieron a pelear en lugar anchuroso, por ponerse a llorar a los hijos de Moctezuma, que hasta entonces nunca los habían conocido ni sabido que fuesen muertos. Grandes llantos y lamentaciones hicieron sobre ellos, mesándose la cabellera por haberlos matado ellos.